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Aquella vez que caminé con mi abuelo

hace 7 días
3 min de lectura

“Después que engendró a Matusalén,

caminó Enoc con Dios trescientos años,

y engendró hijos e hijas.

Así, todos los días de Enoc fueron

trescientos sesenta y cinco años.

Caminó, pues, Enoc con Dios, y desapareció,

porque lo llevó Dios.” (Génesis 5:22-24)


Mi abuelo era un hombre de campo. Solía visitarlo en los veranos y me quedaba en su casa a lo menos dos meses. No solía hablar mucho y era muy trabajador. Mis recuerdos de él son escasos, pero uno se grabó para siempre en mi memoria, y lo recordé al leer de Enoc, el patriarca que caminó con Dios.

Un día me propuso algo. Quiso que lo acompañara a las montañas donde los arrieros solían tener sus ganados caprinos. Allí, en algún rincón de la montaña, los improvisados refugios guardaban enormes cantidades de huano. Mi abuelo solía usarlos para fertilizar la tierra.

La incursión comenzó temprano. Antes de que saliera el sol teníamos las monturas listas con todo lo que necesitábamos para el viaje: las cantimploras con suficiente agua, el pan amasado y unos buenos trozos de queso de cabra. Mi abuelo también llevaba su cuchillo, ¡Nunca se sabe qué uso podría tener!

El viaje hacia el cerro Huatulame (una montaña media de casi 2.500 metros sobre el nivel del mar) demoraba un par de horas. El sendero, que siempre era en subida, se hacía cada vez más estrecho a medida que alcanzábamos más y más altura. Yo estaba ensimismado por los ruidos y la naturaleza de la montaña. Mi abuelo se reía con mis sustos y el asombro que tenía de experimentar esa caminata. En algún momento dijo -¡Ese que escuchaste es un zorro! Y luego agregó, para darle mayor emoción a mi travesía: ¡El puma no suele bajar en verano!

No conversamos demasiado, había que poner atención al camino. La montaña tenía solo senderos para subir en fila india. El ruido de los cascos de los caballos se mezclaba con el canto de las aves y el silbido del viento que bajaba.

Ese día el abuelo me contó algunos secretos de montaña, como si aquello fuera material que no debía develarse. Las horas se fueron volando y no supe cómo ya íbamos de vuelta a casa con nuestro preciado cargamento. Al llegar a casa tuve la sensación de que algo grandioso había ocurrido en mi vida: Fui a la montaña con mi abuelo, hicimos esa caminata solo él y yo.


Algo así, pero mucho más elevado, experimentó Enoc durante esos 300 años de caminar con Dios. Su padre Jared vivió 962 años y su hijo, el legendario Matusalén, 969 años. Pero de ninguno de ellos se dice que caminaron con Dios, solo de Enoc.


La Biblia menciona en dos ocasiones que Enoc "caminó con Dios". Esta expresión trasciende la mera creencia intelectual o la observancia religiosa de ritos y reglas; resalta una comunión activa y constante; el texto enfatiza que literalmente "caminó" a su lado. Esas caminatas junto al Padre celestial lo llevaron a conocerlo en profunda intimidad. Aunque no contaba con una iglesia ni con las Escrituras, su conocimiento de Dios fue el fruto de una relación diaria y cercana con el Creador. Así, Enoc experimentó en carne propia lo que verdaderamente significa "andar" con Adonai el Señor.


Puedes vivir muchos años, pero eso no significa que hayas caminado con Dios. De los tres personajes mencionados en su línea familiar, Jared alcanzó los 962 años y Matusalén los 969. Sin embargo, solo Enoc aprovechó al máximo los 365 años de su "corta vida": él caminó fielmente con Dios durante tres siglos.


imagen representativa caminata al cerro Huatulame



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